El milagro de la existencia
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El hecho de que la Tierra exista en medio de la inconmensurable vastedad del universo no es menos que milagroso. Y sabiendo lo que sabemos sobre la reproducción humana – que cada mujer tiene alrededor de 300,000 óvulos durante su período fértil y que cada eyaculación masculina tiene unos 300 millones de espermatozoides – es un segundo milagro.
“Así,” escribe Alan Lightman en un número reciente de la revista The Atlantic, “cada concepción contiene alrededor de cien mil mil millones de diferentes combinaciones posibles de ADN. En otras palabras, hay cien mil mil millones de seres humanos únicos y distintos que podrían resultar de cada evento de procreación.”
Lightman, físico, escritor y exprofesor del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), escribe que “estar vivo es, de hecho, el golpe de suerte más extraordinaria que jamás experimentaremos.”
¿Golpe de Suerte?
Es, de hecho, milagroso, pero ¿es simplemente “un golpe de suerte”? Porque nosotros, los creyentes, a través de la combinación de la Escritura, la razón y la fe, sabemos que es tan improbable que todo haya sido debido a un golpe de suerte como que algo exista.
Escribe Lightman: “Los avances en biología han mostrado que las instrucciones para crear a cada ser humano están codificadas en un conjunto de moléculas llamadas ADN. Existen muchas más disposiciones posibles del ADN humano que átomos en el universo observable, y cada disposición corresponde a un ser humano diferente. Una de esas muchas disposiciones posibles es cada uno de nosotros.”
Entonces, ¿cuáles son las probabilidades de que este sistema extremadamente complejo, esta “larga cadena de accidentes”, como lo dice Lightman, haya ocurrido al azar? Yo diría –y muchos cientificos estarían de acuerdo– cero o casi nada.
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| Alan Lightman Imagen de Google |
Lo ha hecho, y aquí es donde entra la Escritura. El género Homo, que incluye a los humanos modernos, evolucionó hace unos 2,5 a 2,8 millones de años, y Homo Sapiens, los humanos anatómicamente modernos, hace unos 300,000 años. Pero así como Dios usó la evolución para crear el universo, esperó pacientemente hasta que fuera el momento adecuado –hace 2,500 a 3,000 años– para comenzar a revelarse y mostrar su papel en la creación a través de las Escrituras, la Palabra de Dios en palabras humanas. ¿No es posible que no fuéramos capaces de entenderlo antes?
Después de hablar de lo improbable de nuestra existencia, Lightman sigue con la pregunta adecuada: ¿Cuál debería ser nuestra respuesta?
“Antes que nada,” escribe, “la gratitud debería reemplazar al derecho. Gratitud no solo por mi gran buena suerte en una larga cadena de accidentes, sino gratitud a las personas individuales que me han ayudado en el camino. Con mi breve momento, puedo intentar hacer del mundo un lugar un poco mejor. La gratitud sin acción está vacía.
“…Pero, ¿a quién, o a qué, soy responsable? No al universo, que carece de mente. Y no al enorme número de seres humanos que podrían haber existido pero nunca lo hicieron. “… Creo que es una responsabilidad hacia mí mismo — no desperdiciar mi preciosa vida.”
Tanto que falta
¡Bravo! Pero aquí falta tanto. Sí, la pregunta es, ¿devolver la buena fortuna a qué o a quién? Pero nosotros los creyentes pensamos que la respuesta es obvia. La responsabilidad no es hacia uno mismo, sino hacia el creador, y después de eso, hacia los demás.
“Por la palabra del Señor se hicieron los cielos”, dice el Salmo 33, “y todo el ejército por el aliento de su boca.” Y en los Hechos de los Apóstoles, los apóstoles Pedro y Juan, después de ser liberados milagrosamente de la prisión, fueron a contárselo “a sus amigos,” quienes se dirigieron a Dios diciendo: “Señor soberano, que hiciste el cielo y la tierra y el mar y todo lo que hay en ellos….”
¿De dónde vino esta sabiduría bíblica? Según la creencia cristiana tradicional, los autores fueron inspirados por Dios para hacernos saber quién está detrás de este regalo milagroso de la vida que tanto inspira al autor Lightman y que también debería inspirarnos a nosotros.


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